¿Desaparecen los sindicatos? (II)

En un post anterior sobre el reciente artículo publicado en Italia por Enrico Deaglio bajo el título “¿Desaparecen los sindicatos?” subrayaba los números impresionantes que refleja el sindicalismo en Italia, donde los afiliados a las tres grandes confederaciones sindicales superan de largo -como recuerda Deaglio en el escrito- “a los católicos que van misa los domingos”.

A pesar de las todavía elevadas cifras de afiliación en Italia -12 millones-, Deaglio recuerda que hay muchos trabajadores jubilados en ellas y que apenas hay representantes de la gran masa de trabajo precario que se ha expandido actualmente en el país y que afecta ya a más de tres millones de personas: “Son pobres, infelices, pero, sobre todo, no pertenecen a ningún sindicato”, recuerda el autor.

Como nosotros y al igual que otros países industrializados, Italia ha sufrido los embates más dramáticos de la transformación del mundo del trabajo y de la pérdida de fuerza del sindicato. Los cantos de sirena que presentaban la flexibilidad como una necesidad pasajera para superar la crisis económica nos ha conducido nuevamente a la vieja cadena de montaje; sólo que ahora, sin derechos. Cantos de sirena para enmascarar la búsqueda de un nuevo modelo productivo, basado en la devaluación del trabajo y en la pérdida de los derechos conquistados.

En Italia, como en los otros países industrializados, los salarios han disminuido brutalmente desde el inicio de la crisis actual. En el artículo al que aludo se subraya la bajada vertical de los salarios italianos, documentada desde 2008 por investigaciones de la Banca Internacional de Basilea y del FMI. Una bajada que es consecuencia del aumento enorme de la brecha entre las retribuciones del empleo manual o administrativo, de niveles bajos, y las asignadas a los altos directivos y a los dueños de las empresas. En ese país, “un cuarto de la industria manufacturera se ha perdido, el poder adquisitivo ha disminuido, las pensiones se han alejado del coste de la vida, el trabajo precario se ha convertido en ley y el poder político y social del sindicato -aquellos grandes acuerdos de diálogo social- sobre política económica, son un rito del pasado”, advierte Deaglio. Una lectura italiana de la situación que bien la podemos aplicar en nuestro país. Volveré sobre este tema en una próxima entrada.

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