La privatización de Kutxabank

La privatización de Kutxabank concentra en este momento el grueso de la actividad pública. El próximo lunes, 30 de junio, las asambleas de BBK y de Vital deberán votarán la conversión.

No soy amigo de privatizaciones y mi primera reflexión sobre este tema, que quiero dejar clara, es que se nos está presentando la privatización de Kutxabank como única alternativa. Como si fuera obligatoria. Y no lo es: las cajas de ahorro alemanas, por ejemplo, van a seguir siendo públicas. Pero hecha esta aclaración, no voy a insistir en este camino, porque la decisión política es imparable en este punto.

La transformación de las cajas de ahorro en fundaciones bancarias (figura jurídica de nueva creación en España) es un asunto enmarañado, con entresijos en las negociaciones y sorprendentes cambios políticos, que va más allá del hecho en sí mismo: en el envite nos jugamos el futuro del sistema financiero vasco. Kutxabank tiene unos activos de 60.000 millones de euros (¡una cifra equivalente al PIB anual del País Vasco!) y la privatización de una parte de este jugoso conglomerado no debe servir para que se lucren especuladores privados, con intereses financieros oscuros. Debemos exigir que el proceso se desarrolle con la máxima transparencia y permanecer vigilantes para que sea así.

Yo me opongo rotundamente a que Kutxabank pierda su carácter mayoritario de titularidad pública. Me opongo a una privatización masiva de un patrimonio público que pertenece a la ciudadanía vasca. Kutxabank debe mantener su arraigo en Euskadi, debe seguir al servicio de las personas y del tejido empresarial vasco y debe continuar y fortalecer la Obra Social, verdadera seña de identidad de las cajas vascas. No podemos consentir que un proceso mal ejecutado y opaco desmantele en cuatro días un patrimonio económico y social construido en el transcurso de un siglo de historia.